Una invitación · Junio 2026

Ana María

Anita:

Voy a escribir como quien le escribe a la Anita de la CAV, para relajar mis letras, porque en mis adentros, siento que le escribo a una amiga de toda la vida. Por eso voy a partir hablándote de vino, así me voy soltando y en un par de líneas se me olvida lo poco que nos conocemos.

Te escribo desde un lugar que no es precisamente el de alguien que sabe mucho de vino. Hasta los veinticinco años mi nariz reconocía tres olores: el plátano, la manzana y la naranja. Ni uno más. No nací con los sentidos despiertos ni se estimularon mucho durante mi infancia, los tuve que ir a buscar a esa edad, cuando entendí algo que cambió mi forma de vivir: que sentir empieza por los sentidos, y que si quería sentir de verdad, tenía que integrar los más que pudiera, sabiendo que, a esa altura, ya jugaba a perdedor.

El vino fue uno de esos caminos. Entrené la nariz sin apuro, aprendí a nombrar más de lo que sentía al principio, pero no tardé mucho en darme cuenta que este sentido en particular, había apretado un acelerador que movía mucho más que mi olfato. De a poco el vino se convirtió para mí en algo así como un algo vivo, y desde mi deformación profesional, no pude evitar observar con precisión el ciclo de su vida, desde el primer respiro en el descorche (por lo menos de ese capítulo de su vida), hasta quedarse en la copa sin tomarlo, precisamente por su efímero paso por esta vida.

He descorchado vinos que han respirado tan fuerte, que estoy seguro los he escuchado contar historias completas. Algunos tan histéricos que no son capaces de ordenar lo que sueltan, y otros tan ordenados, que dirigen sus pesos moleculares como una verdadera sinfonía, que estoy seguro mi nariz escuchó. Algunos adolescentes complejos que sí, ya sabía yo que no era momento de descorchar, pero también otros que sin abrirlos vibraban como un viejo sabio, al que uno no quiere dejar de escuchar. Recuerdo uno, un Franco que repartí en varias copas, algunas decantadas, otras que vivieron sin estrés la noche entera, y quién sabe, algunas que no van a dejar de vivir en mí.

Una vez con una amiga, dejamos unas copas quietas un rato largo. Tomé una, la moví apenas, y por dos segundos —te juro que fueron dos segundos— me llegó un olor a humo blanco idéntico al del horno de pan amasado de lata que le tiran agua encima y que no sé por qué, solo he olido desde la sexta región hacia el sur. Esa noche pasamos por el pasto recién cortado, por algunas frutas a las que yo ni me acerqué, huesillos secándose al sol en la plancha de zinc del patio de alguna de esas tías del mismo sur, que no suelta su paño de cocina. Todo ese viaje en una sola copa, con el mismo pasajero que pudo haberse condenado a sentir solo el plátano, la naranja y la manzana.

Algunos dicen que es cliché, y capaz sí, pero estoy seguro que la CAV, contigo como comandante para este aprendiz, fueron en gran parte responsables de este regalo que me permití vivir. No sé si apasionado me queda, pero hay algo que no he soltado de todo lo aprendido, y es que la experiencia del vino es personal, es subjetiva, no se aprende. Que uno no va a buscar olores ni texturas; uno va a encontrarse con experiencias tan ricas como las de nuestra propia historia, pero a las que no se llega sin cruzarse con personas como tú.

He escuchado a mucha gente hablar de vino, algunos que saben tanto que hasta me hicieron olvidar que el vino no se aprende. Pero he visto muy pocas personas como tú, que no solo hablan el lenguaje del vino mismo, sino que lo hacen hablar, como si fuera para ellos más fácil mostrarse cuando te tienen cerca.

Todo este permiso que me di de hablarte así, y que no estaba en mis planes, me deja en un lugar mejor para contarte cómo nace el mensaje de Instagram que te envié diciéndote que quería hablarte de algo que a mí me parece, sí, hasta ahora súper entretenido.

Y ahora sí viene lo entretenido

Vengo hace unos meses dando hartas vueltas alrededor de la inteligencia artificial, y lo que partió como un ChatGPT que era un Google mejorado, me empezó a mover cada vez más rápido a ese lugar que, como digo siempre, es como el futuro que algunos ni conocen. No voy a ahondar en cómo terminé hace unas semanas fundando una empresa que se llama Operaria, y que ya te contaré después porque nada tiene que ver con la conversa que abre este mensaje, pero sin duda es la raíz fundante del pensamiento que trae esta URL a ti. Yo sé que un PDF es más clásico, pero imagínate venir a contarte todo esto y no querer mostrar de algún modo la simpleza del futuro en el que vivo.

Lo que espero para ti sea tan entretenido como fue para mí el día que te escribí, partió como un cuestionamiento simple: ¿qué estará pasando en Chile entre la IA y el vino? — que rápidamente se convirtió en un levantamiento de 14 agentes de IA trabajando en 337 operaciones de búsqueda y lectura en paralelo, sobre fuentes en inglés y español, que terminó en un documento que reúne tres cosas, dichas así por el agente que dirigió el Agent team:

  1. El perfil profesional de Ana María Barahona (directora editorial de la revista La CAV y presidenta de su Mesa de Cata).
  2. Un levantamiento internacional de 96 hallazgos de lo que está pasando entre la inteligencia artificial y el vino —verificados cada uno con su enlace a publicación científica, medio especializado o fuente oficial—.
  3. Un cruce honesto traducido en propuestas concretas de desarrollo en tres planos: Operaria × La CAV como instituciones, Francisco × Ana María como dupla profesional, y Operaria sola en el espacio del vino chileno.

Después de varias vueltas me di cuenta de que enviarte esa joya recortada solo iba a limitar tus posibilidades de mirar desde lugares que nadie más podría, así que decidí que se iría sin recortes.

Dicho esto, esta carta termina aquí con la clara intención de abrir —o reforzar— un texto fundacional que, independiente del camino que siga, va a tener a varias de las 50 mujeres más influyentes del vino a nivel mundial definiendo la dirección que la IA tendrá en un mundo que puede abrirse de muchas maneras, sin perder la ruta que tiene tu nombre.

Abrir el levantamiento completo →

Francisco Muñoz
Junio 2026